Las colinas del hambre – Rosa Wernicke

El ciruja caminaba lo más rápidamente que podía. Iba hacia su barrio, hacia su mundo escondido allá, al otro lado del puente del ferrocarril Rosario a Puerto Belgrano. Primero el asfalto: Urquiza, Córdoba, Maipú, Avenida Pellegrini, luego el adoquinado: Necochea, Ayolas, Esmeralda, Berruti, Convención y, finalmente, vendría el callejón sin pavimentar hacia el vaciadero. Iba hacia su mundo situado entre un puerto activo, una elegante avenida de circunvalación, todavía en proyecto, una calle con nombre de piedra preciosa y otra con nombre de prócer o balneario.

La Avenida Belgrano se estiraba, rodeando, enlazando coquetamente la verja que delimitaba los terrenos portuarios. No estaba concluida; las obras se habían paralizado y no se sabía cuándo se les daría fin. Pero de todos modos, era bueno saber que el proyecto incluía su extensión hasta el barrio Saladillo.

En el límite donde terminaba aquella y empezaba la desidia urbana, una hilera de arbolitos incipientes comenzaba a echar ramas y hojas. Pronto se convertiría en una elegante cortina impenetrable para el ojo humano. Era demasiado hermosa la Avenida Belgrano para que se permitiera, ni en sueños, que la fealdad del vaciadero municipal malograra su belleza, para que los despreocupados paseantes percibieran la pestilencia que emanaba de él y menos que nada, para que se permitiera poner en tela de juicio, el inexplicable olvido en que vegetaba.

La ciudad parecía avergonzarse de aquel pulmón enfermo del barrio Mataderos, en donde pululaban millares de criaturas humanas con su miseria y su orfandad. Estaban allí, olvidados en medio del febril progreso. Era verdad que el vaciadero quedaba al fin, encajonado, que ni siquiera se le advertía desde la Avenida, pero también era verdad que, deliberadamente, habíase corrido el telón frente a las destartaladas casuchas, cuevas, escondrijos y ranchos que poblaban buena parte de las barrancas, de aquellas históricas barrancas en donde flameó, por primera vez, el pabellón azul y blanco de la nación argentina. Quedaba arrinconado, oculto, despreciado, ¡como si se pudiera amar a la patria sin amar todo lo que existe en ella! Era lo mismo que intentar cubrir una úlcera con un rico guante de piel, o esconder tras de un abanico “pompadour”, unos dientes cariados y sucios. Pero la ciudad, como la mujer de César, tiene que parecer antes que ser y esto era por el momento, lo más importante.

Rosa Wernicke, Las colinas del hambre, 1943

Las obras son de Elisa Insua

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