Lo que el viento se llevó

Concept art of Scarlett at the Butler House by Dorothea Holt. Image courtesy Harry Ransom Center. from "The Making of 'Gone With The Wind'"

Concept art of Scarlett at the Butler House by Dorothea Holt.
Image courtesy Harry Ransom Center.
from “The Making of ‘Gone With The Wind'”

Ellen había recibido la preparación para el matrimonio que se da a toda señorita de buena familia; y además tenía a Mamita, que con su energía era capaz de galvanizar al negro más holgazán. Pronto impuso orden, dignidad y gracia en la casa de Gerald y dio a Tara una belleza que antes no había tenido nunca.

La casa fue construida sin seguir ningún género de plan arquitectónico, y le añadían cuartos donde y cuando iban siendo necesarios; pero, con el cuidado y la atención de Ellen, adquirió un encanto especial que provenía, justamente, de su falta de diseño. La avenida de cedros que conducía del camino principal a la casa, aquella avenida sin la que ninguna casa de plantadores georgianos hubiera estado completa, tenía una sombra densa y fresca que daba mayor viveza y esplendor, por contraste, al verde de los otros árboles. La enredadera que caía sobre las terrazas resaltaba brillante sobre los ladrillos enjalbegados; y se unía con las rosadas y retorcidas ramas del mirto junto a la puerta y con las blancas flores de los magnolios, en la explanada, disimulando en parte las feas líneas de la casa.

En primavera y verano, el trébol y el pasto del prado se tornaban de un color esmeralda, de un esmeralda tan seductor que representaba una tentación irresistible para las bandadas de pavos y de gansos que debían vagar únicamente por la parte trasera de la casa. Los más viejos de la bandada se desviaban continuamente en clandestinos avances hacia la explanada delantera, atraídos por el verde de la hierba y la sabrosa promesa de los capullos y de los macizos sembrados. Contra sus latrocinios se había instalado bajo el pórtico delantero un pequeño centinela negro. (…)

La vida de Ellen no era fácil ni feliz; pero ella no había esperado que fuese fácil, y, en cuanto a la felicidad, era aquél su destino de mujer. El mundo pertenecía a los hombres, y ella lo aceptaba así. El hombre era el dueño de la prosperidad, y la mujer la dirigía. El hombre se llevaba el mérito de la gerencia y la mujer encomiaba su talento.

Margaret Mitchell, Lo que el viento se llevó

 

 

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