Metropolis

Metrópolis alzaba su voz. Las máquinas de Metrópolis rugían: pedían alimento. Freder abrió de par en par las puertas de cristal. Las sintió vibrar como las cuerdas al impulso del arco. Salió a la estrecha galería que rodeaba el edificio, casi el más alto de Metrópolis. El sonido rugiente le recibió, le envolvió, sin terminar nunca. Tan grande como era Metrópolis, y en los cuatro ángulos de la ciudad se percibía por igual el rugir de la orden.

Freder contempló sobre la ciudad el edificio conocido en el mundo como la Nueva Torre de Babel. El centro neurálgico de esta Nueva Torre de Babel albergaba al hombre que era, él mismo, el cerebro de Metrópolis. Mientras el hombre que era, él mismo, el cerebro de Metrópolis.

(…)

Metrópolis tenía la catedral más sacrificada del mundo, una hermosa joya de estilo gótico. Según las viejas crónicas, la Virgen coronada de estrellas que se alzaba sobre su torre sonreía como una madre, cubierta con su manto dorado y mirando hacia abajo, muy abajo, hacia los tejados rojos; y los únicos compañeros de la graciosa imagen eran las tórtolas que solían anidar en las gárgolas, y las campanas, que llevaban los nombres de los cuatro arcángeles.

La Nueva Torre de Babel y los demás edificios alzaban sus moles sombrías muy por encima de la aguja de la catedral; tanto, que las jovencitas que trabajaban en los talleres y emisoras de radio habían de mirar muy hacia abajo, desde las ventanas del piso treinta, para ver a la Virgen coronada de estrellas; de la misma manera que ella, en la antigüedad, miraba los tejados rojos. En lugar de tórtolas, máquinas voladoras pasaban sobre la cúpula de la catedral y sobre la ciudad, posándose en los tejados desde los cuales, por la noche, columnas brillantes y círculos luminosos indicaban el curso del vuelo y los puntos de aterrizaje. El Amo de Metrópolis había considerado en más de una ocasión la conveniencia de que se derribara la catedral, puesto que era inútil y obstruía el tráfico de aquella ciudad de cincuenta millones de habitantes.

Thea von Harbou

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