La inmortalidad

Rebecca Louise Law

Aparcó el coche, bajó y se puso a caminar por una ancha avenida. Sentía cansancio y hambre y, como le resultaba triste almorzar sola en un restaurante, pensaba comer algo rápido en el primer bistrot que encontrase. Tiempo atrás hubo en ese barrio muchos simpáticos restaurantes bretones y tascas baratas en las que podían comerse cómodamente crêpes y galettes acompañadas de sidra. Pero un día desaparecieron todas esas tascas y en su lugar aparecieron unos comedores modernos que llevan el triste nombre de fast food. Venció su repugnancia y se dirigió a uno de ellos. A través del cristal veía a la gente en las mesas, inclinada sobre grasientas bandejas de papel. Su mirada se detuvo en una chica con la piel muy pálida y los labios pintados de rojo. Terminó de comer en ese momento, apartó a un lado un vaso de Coca-Cola vacío, echó hacia atrás la cabeza y se metió entero en la boca el dedo índice; le dio vueltas durante largo rato, poniendo los ojos en blanco. El hombre de la mesa de al lado estaba casi tumbado en la silla y, los ojos fijos en la calle, abría la boca. No era un bostezo que tuviera principio y fin, era un bostezo interminable como una melodía de Wagner: la boca iba cerrándose a ratos pero nunca del todo, sino que volvía una y otra vez a abrirse de par en par, mientras que en un movimiento contrario al de la boca sus ojos fijos en la calle se entrecerraban y volvían a abrirse. Bastantes personas más bostezaban, enseñando los dientes, los empastes, las coronas, las dentaduras postizas y ninguna de ellas se tapaba la boca. Un niño vestido de rosa recorría las mesas, con un osito cogido por una pierna, y él también abría la boca; pero era evidente que no bostezaba sino que gritaba. De vez en cuando le daba con el osito a alguno de los clientes. Las mesas estaban muy juntas, de modo que incluso a través del cristal era evidente que cada uno de ellos tenía que tragar, junto con la comida, el olor del sudor que exhalaba la piel del vecino debido al calor de aquel día de junio. La ola de fealdad visual, olfativa, gustativa (imaginaba con intensidad el sabor de la grasienta hamburguesa rociada con agua dulce) le golpeó en la cara con tal fuerza que dio media vuelta, decidida a buscar otro sitio donde calmar el hambre. La acera estaba tan llena que se caminaba con dificultad. Las altas figuras de dos nórdicos pálidos de cabellos rubios se abrían paso entre la multitud delante de ella: un hombre y una mujer, que sobresalían ambos dos cabezas por encima de la masa de franceses y árabes. A cada uno le colgaba de la espalda una mochila rosada y del vientre una criatura sujeta con un correaje especial. Al cabo de un rato desaparecieron de su vista y vio ante sí a una mujer vestida con unos pantalones anchos que le llegaban justo por encima de la rodilla, como correspondía a la moda de ese año. Su trasero parecía con ese atuendo aún más grueso y próximo al suelo, y los muslos desnudos y pálidos parecían un jarrón de artesanía decorado con el relieve de las varices, de un azul intenso, retorcidas como un ovillo de pequeñas serpientes. Agnes se dijo: esa mujer podría encontrar veinte vestidos distintos que harían su trasero menos monstruoso y cubrirían las venas azules. ¿Por qué no lo hace? ¡Ya no se trata sólo de que la gente no procure ser más guapa cuando sale, se trata de que ni siquiera intenta ser menos fea! Se dijo: cuando el asalto de la fealdad se vuelva completamente insoportable, compraré en la floristería un nomeolvides, un único nomeolvides, ese delgado tallo con una florecita azul en miniatura, saldré con él a la calle y lo sostendré delante de la cara con la vista fija en él para no ver más que ese único hermoso punto azul, para verlo como lo último que quiero conservar para mí y para mis ojos de un mundo al que he dejado de querer. Iré así por las calles de París, la gente comenzará pronto a conocerme, los niños irán corriendo pronto tras de mí, se reirán de mí, me tirarán cosas y todo París me llamará: la loca del nomeolvides…

Milán Kundera

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