New York Skyline

On the town

La reserva del departamento que alquilamos  en Manhattan se cae. Felizmente porque entonces conseguimos otro lugar, más amplio y en Williamsburg, del lado de Brooklyn. Para una familia con alma palermitana, intuyo, el barrio irá bien. Imagino las compras cotidianas más cómodas que en la isla, puedo verme si una tarde decidiera quedarme sola a pasear por sus calles.

De Brooklyn sólo sé que el nombre suena musical y hay un episodio de Sex & the City en el que un personaje desaconseja a otro mudarse a la zona. Y que mi hija, la única de nosotros que ya conoce la ciudad, está entusiasmada con la ubicación. El departamento, un pequeño loft, pertenece a un arquitecto oriental y queda a dos cuadras de Bedford Station.

–La línea L nos deja en Union Square. En tres paradas, mamá, de ahí vamos a todas partes.

Bajo una foto del perfil nocturno de la ciudad para fondo de pantalla. La imagen brilla como la punta de un iceberg asomando bajo la luna. Un iceberg de seducción que se ejercerá tenaz, paulatina, silenciosa. Es una foto vieja, dice mi amigo. Mirá, ahí están las Torres Gemelas.

Nueva York de pronto es New York. Dejamos de nombrarla en español.

El avión llega a las 7 y diez y el check in recién es posible a las 15. El arquitecto oriental se niega a recibir el equipaje antes de hora. Miro en el mapa que el aeropuerto JFK queda del lado de Brooklyn. Podemos evitar ir a Manhattan a dejar las cosas en un espacio de alquiler y hacer tiempo en el Brooklyn Bridge Park. El hijo de una amiga me ha hablado de las vistas desde allí al atardecer. Vamos a ir de mañana. Pero podemos volver otro día, me digo, para ver cómo se van encendiendo las luces en todas las ventanas.

El horizonte rojo. Una mancha estrellada de luces que brilla en medio y sobre la tierra oscura, allá abajo.

Una mujer que ahora no piensa (como antes, porque hubo un antes) si se caerá o no el avión. Una mujer que tiene menos miedo, o está más inconsciente, o confía. O se acostumbrado a la idea de volar, de que para viajar se impone subir al cielo. Otra mancha como una red de luces estampada sobre la negrura infinita y a lo lejos.

El cumpleaños de un hijo va quedando, como las ciudades, atrás. Él llega con el fiambre, las medialunas. Ayuda a rellenarlas. Toca el timbre. Pasan los huevos revueltos, la fruta cortada, el café, las medialunas calientes. De pronto están los tres varones al piano, los hijos y el padre. Hacen bromas, ríen juntos. La reunión se acaba. Él se va. Como los abuelos, los tíos. Ahora es un invitado. La ilusión de vida familiar se desvanece.

Una mujer llora contra la ventanilla.

New York 1

Tomamos la línea A hasta High Station. Aparece enseguida el puente. Brooklyn Bridge se deja ver primero aislado, gótico, majestuoso. Unos metros más adelante se extiende, cruza con su paso largo el río y se enlaza a la vista de la ciudad.

Hay mesas y sillas en el paseo. Paramos rodeados de valijas y mochilas. ¿Esto era? Desde el ángulo al que hemos llegado, la isla y el famoso perfil  de edificios parecen, a primera vista, amontonados y pequeños.

Nos turnamos para cuidar las valijas y recorrer la explanada. El perfil se va abriendo, los edificios se alinean, se separan, se presentan. Como personajes que saludaran sobre el escenario. Van a reaparecer paseando por Manhattan al doblar cualquier esquina, en las bocacalles, al elevar la mirada. Mi hijo me muestra una aplicación para distinguirlos. De cada uno pueden verse planta y volumetría en finas líneas. La ciudad, se me ocurre, es como una gran obra literaria a la que acercarnos y penetrar poco a poco. Este perfil equivale a las primeras líneas de una prosa desconocida. Me alegro de comenzar así, desde enfrente, observando la isla a la distancia.

En la vecindad del skyline, una familia pide que le saquen una foto con el famoso fondo. Un ejecutivo de traje y camisa de un blanco que encandila almuerza en una mesa contigua. Quien parece ser una niñera le canta a una bebé en su falda. La mujer es negra, la bebé, una rubia de pocos meses. Una pareja que imagino de japoneses pasea de la mano, ella lleva un vestido color lacre, talle ceñido, falda suelta. Sacan un brazo metálico y se toman una selfie. Cada presencia impacta, es un signo de haber llegado.

Hacer tiempo. Anuncian un paseo en ferry. Puede ser una buena idea luego de una noche en el avión.  Mareados como estamos por las horas de vuelo, sacamos tickets en una máquina. Al subir nos enteramos  que equivocamos la empresa y tenemos tickets para el transporte público. ¿Qué hacer? Aprovechamos para llegar por agua hasta Williamsburg, dos estaciones río arriba.  El perfil se despliega aún más en la breve navegación, el río se abre, la impronta de la ciudad  se va revelando en su verdadera magnitud. Navegando, damos vuelta las primeras páginas. La lectura avanza por el río. Todavía no sabemos hasta qué punto la obra –y su carácter– van a devenir fascinantes.

María José Eyras

 

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