Muerte en Venecia

EP & White Cat_edited

Pasó dos horas en su habitación, y luego se embarcó en el pequeño vapor para tornar hacia Venecia a través del olor pútrido de la laguna. Se apeó en San Marcos, tomó té en la plaza, y luego, cumpliendo su programa, fue a dar un paseo por las calles. El paseo hubo de trastornar completamente la situación de su ánimo, alterando sus planes.

Un calor bochornoso caía sobre las callejas; el aire era denso, y los olores que salían de las casas, tiendas y cocinas, olor de aceite, nubes de perfume y otras emanaciones, yacían apelotonados, sin dispersarse. El humo del tabaco se quedaba como cuajado, y sólo poco a poco se iba deshaciendo. La multitud de gente que se atropellaba en la estrechez de las calles, molestaba al paseante en vez de entretenerle. A medida que transcurría el tiempo, se adueñaba de él, progresivamente, el estado lamentable que el siroco, combinado con el aire del mar, puede producir, y que es excitación y desfallecimiento al mismo tiempo. Transpiraba copiosamente, los ojos querían cerrársele, sentía el pecho oprimido, tenía fiebre, la sangre palpitaba sensiblemente en sus sienes. Cruzando algunas calles, huyó de los barrios comerciales, donde el gentío se apretujaba, hacia los barrios pobres. Allí viose asaltado por una nube de mendigos, mientras los olores pútridos de los canales le cortaban la respiración. En un lugar tranquilo, en uno de esos sitios olvidados, y graciosamente pintorescos que se encuentran en el exterior de Venecia, al borde de un brocal, se sentó para descansar, se secó la frente y comprendió que debía marcharse.

Por segunda vez, y ya definitivamente, comprobó que Venecia le sentaba muy mal con aquel tiempo. Le pareció absurdo obstinarse tercamente en permanecer allí cuando las probabilidades de que el viento cambiase eran muy inseguras. Era preciso decidirse al vuelo. Volver a casa no era posible. No tenía dispuestas ni sus habitaciones de verano ni de invierno para ir allá. Pero Venecia no era el único sitio donde había mar y playa; podía encontrarlos en otros sitios, sin el lamentable complemento de la laguna y de las emanaciones, que le producían fiebre. Recordó una playa pequeña cerca de Trieste, que le habían ponderado mucho. ¿Por qué no irse allá? Caso de hacerlo, tenía que ser sin retraso, para que valiera la pena cambiar otra vez de residencia. Se decidió, y se puso en pie.

En el primer embarcadero que pudo encontrar, tomó una góndola y dio la orden de que le llevasen a San Marcos. La embarcación fue deslizándose en el turbio laberinto de los canales, por entre delicados balcones de mármol exornados con leones, doblando esquinas rezumantes, pasando luego al pie de otras fachadas suntuosas. Le costó trabajo llegar a su destino, pues el gondolero que trabajaba en combinación con fábricas de encajes y vidrios, trataba de desembarcarle a cada paso para que entrase a ver las tiendas y comprara. Si era, pues, verdad que la fantástica travesía por las lagunas de Venecia comenzaba a ejercer su encanto sobre él, aquel espíritu de mendicidad de reina caída, bastaba para romperlo.

(…)

La travesía conocida iba por la laguna, pasando por delante de San Marcos y subiendo luego por el Gran Canal. Aschenbach estaba sentado cerca de proa, en el banco circular, con un brazo extendido en la barandilla, y haciéndose sombra sobre los ojos con la otra mano. Quedaron atrás los jardines públicos, y la Piazzeta se abrió una vez más ante sus ojos en su magnificencia principesca. Al llegar a la gran serie de palacios, aparecieron tras un recodo del canal los arcos majestuosos de mármol de Rialto. El viajero contemplaba toda la belleza que desfilaba ante sus ojos, y se le oprimía el corazón. Respiraba, en aspiraciones profundas y espiraciones dolorosas, la atmósfera de la ciudad, aquel olor ligeramente putrefacto, de mar y de pantano, que el día anterior había querido abandonar con tanta urgencia. ¿Era posible que no hubiera sabido, que no hubiera considerado hasta qué punto su corazón estaba ligado a todo aquello? Lo que por la mañana era un sentimiento vago, una leve duda, tornose ya en angustia, en dolor efectivo y punzante, en tribulación tan grande para su alma, que varias veces asomaron lágrimas a sus ojos, en forma completamente extraña.

Aquello que más doloroso le resultaba, aquello que a veces le parecía absolutamente insoportable, era sin duda el pensamiento de que ya no volvería a Venecia, de que se despedía de ella para siempre. Porque después de haber comprobado por segunda vez que la ciudad era nociva para su salud, después, de haberse visto obligado por segunda vez a abandonarla de repente, tendría que considerarla como una residencia prohibida, insoportable. Insensato sería probar fortuna una vez más.

Sabía ya que, de irse en aquel instante, la vergüenza y el amor propio le impedirían volver a la amada ciudad, ante la cual había fracasado por dos veces su resistencia física. La lucha entre la apetencia espiritual y la incapacidad física le pareció de pronto grave e importantísima a aquel hombre que empezaba a envejecer.

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