Casa sin amo

ville savoye 8

La casa estaba cada día más deteriorada, a pesar de que no faltaba dinero para mantenerla en buen estado. Pero nadie se preocupaba de hacerlo. El tejado estaba estropeado y Glum se quejaba de que la gran mancha oscura del techo de su habitación iba creciendo. Cuando llovía mucho, incluso caía agua del techo y entonces, presos de una súbita actividad, todos corrían al desván para poner un lebrillo debajo de la gotera. Glum se quedaba tranquilo durante algún tiempo, pero la duración de su tranquilidad dependía del tamaño del lebrillo y del ímpetu o de la frecuencia de la lluvia: si el recipiente era poco hondo y llovía mucho y seguido, la tranquilidad de Glum se acababa pronto, porque el lebrillo rebosaba y la mancha oscura del techo de Glum crecía. Entonces colocaban un recipiente mayor debajo de la gotera. Pero pronto se notaron esos mismos desperfectos en la habitación de Bolda, y en la habitación vacía, la que había sido el dormitorio del abuelo. Un día cayó un trozo de revoque del cuarto de baño. Bolda recogió los pedazos y Glum preparó una mezcla de yeso, arena y cal y embadurnó el vigamen con ella.

Nella estaba muy orgullosa de su actividad porque se fue a la ciudad a comprar diez lebrillos de cinc, que luego distribuyó por el desván y que cubrían casi toda la superficie del suelo. «Ahora ya no puede ocurrir nada», dijo; y pagó por los lebrillos aproximadamente lo mismo que hubiera costado un arreglo razonable del tejado; cuando llovía oían arriba el gotear melódico y extraño de la lluvia, que producía un ruido amenazador al caer en los barreños vacíos. Sin embargo, Glum tuvo que embadurnar con frecuencia los techos con su mezcla de yeso, arena y cal. Con ello ensuciaba la escalera y sus propios vestidos, y Martin, que le hacía de ayudante, quedaba también embadurnado de arriba abajo y había que enviar sus trajes a la tintorería.

De vez en cuando, la abuela subía al desván e inspeccionaba los barreños. Pasaba contoneándose por entre los lebrillos de cinc y sus pesadas faldas de seda, al rozar con el borde de los recipientes, hacían un ruido claro y penetrante. Se ponía las gafas y toda su persona irradiaba celo y sentimiento de responsabilidad. Cada vez decidía buscar en sus viejos archivos las señas del tejero que en otro tiempo había trabajado para ellos y, en efecto, durante días enteros se la veía en su cuarto rodeada de archivadores y de libretas de direcciones, hojeando viejos papeles de negocios, perdiéndose en el estudio de facturas y albaranes; pero las señas del tejero no aparecían nunca a pesar de que la abuela se hacía traer de la fábrica archivadores y más archivadores.

Heinrich Böll

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