La larga y dolorosa muerte

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Eran las tres en punto de la mañana cuando finalmente ella cruzó el puente hacia Achill. Ahí, al menos, estaba el pueblo: la cooperativa de pescadores, la ferretería y el almacén, la capilla de piedra rojiza, cada edificio cerrado y silencioso, debajo de los faroles que iluminaban débilmente. Siguió por una franja oscura de camino donde, a cada lado, altos setos de rododendro se habían vuelto silvestres y perdido sus flores. No vio a persona alguna, ni una ventana iluminada, apenas unas pocas ovejas de patas negras que dormían y algo después, un zorro aterrado, quieto ante los faros. La ruta se hizo empinada y luego doblaba en un camino amplio y vacío. Podía sentir el océano, los pantanos; espacio abierto, inmenso. El desvío hacia Dugort no estaba claramente marcado, pero se sintió confiada doblando hacia el norte, por el camino desierto que la llevó a la Böll House.

(…) El conserje le había dicho dónde encontrar la llave e, impaciente, su mano buscaba alrededor del tanque de gas. Había varias llaves en el llavero, pero abrió la cerradura con la primera que eligió. Adentro, la casa había sido restaurada: la cocina y la sala ahora se combinaban en un único y amplio ambiente. En uno de los extremos se había instalado la misma chimenea de antes, encalada, pero en el otro habían empotrado alacenas y una nueva pileta para lavar platos. Entre ambos extremos había un sofá, una mesa de pino y unas sillas duras haciendo juego. Dejó la canilla abierta y calentó el agua para el té, encendió un fuego pequeño con la turba que había en una canasta y se hizo una cama provisoria en el sofá. Del otro lado de los cristales un seto de fucsias temblaba intensamente en la muy incipiente primavera. Se desvistió, se acostó, buscó su libro y leyó el párrafo inicial de un cuento de Chejov. Era un párrafo magnífico, pero, cuando llegó al final, sintió que se le cerraban los ojos, y contenta apagó la luz, sabiendo que el día siguiente sería suyo, para trabajar, leer y caminar por los caminos y la costa.

 

(…) Rápidamente se levantó y fue hasta el estudio de Böll, un cuarto pequeño con un hogar en desuso y una ventana que daba al mar. Fue en ese cuarto donde él escribió su ahora famoso diario, pero eso había sido cincuenta años atrás. Böll estaba muerto y su familia había dejado la casa como residencia de trabajo para escritores. Y ahora ella estaba allí por dos semanas, trabajando.

Claire Keegan, La larga y dolorosa muerte; en Recorre los campos azules. (Eterna Cadencia)

Texto recomendado por María José Eyras

Las imágenes corresponden a la casa de Victoria Ocampo diseñada por Bustillo. El material fotográfico ha sido extraído del sitio Moderna Buenos Aires.

 

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