El Castillo

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Con la mirada fija en el castillo, K siguió su camino, sin que le inquietase nada más. Pero al aproximarse, el castillo le decepcionó: en realidad sí que se trataba de un miserable villorrio, compuesto de casas de pueblo, y sólo se distinguía porque tal vez todo estaba construido de piedra, pero la pintura hacía tiempo que se había caído y la piedra parecía desmenuzarse. K se acordó fugazmente de su pueblo natal: apenas tenía nada que envidiarle a ese supuesto castillo; si K hubiese venido sólo para visitarlo, la larga marcha no habría merecido la pena y habría sido más razonable haber vuelto a visitar una vez más su lugar de nacimiento, donde hacía tiempo que no había estado. Y comparó en su mente el campanario de su pueblo natal con la torre de arriba. El campanario, es cierto, no podía dudarse, se erguía recto, rejuveneciéndose en la parte superior, y coronado por un techo ancho de tejas rojas, un edificio terrenal —¿qué otra cosa podíamos construir?—, pero con una finalidad muy superior a la del achaparrado villorrio y con una expresión más luminosa que la otorgada por el sombrío día laboral. La torre de allá arriba —era lo único visible— era la torre de una vivienda, como ahora se mostraba, quizá la del castillo principal, un edificio redondo y uniforme, en parte cubierto piadosamente por la hiedra, con pequeñas ventanas que destellaban por la luz del sol —su aspecto tenía algo de descabellado—, y acababa en una especie de azotea, cuyas almenas, inseguras, irregulares, rotas, mordían el cielo azul y parecían haber sido diseñadas por un niño descuidado o acobardado. Era como si algún habitante afligido que tendría que haberse mantenido encerrado en la habitación más alejada de la casa, hubiese roto el techo y se hubiese alzado para mostrarse al mundo. K se detuvo una vez más, como si al estar quieto poseyera más capacidad de juicio. Pero algo le perturbó. Detrás de la iglesia del pueblo, al lado de la cual se había detenido —en realidad era sólo una capilla, ampliada ligeramente para poder acoger a los feligreses— se encontraba la escuela. Ésta era un edificio largo y bajo que aunaba extrañamente el carácter provisorio y lo antiguo. Estaba situado detrás de un jardín cercado con una verja que ahora estaba cubierto de nieve. 

Franz Kafka. El Castillo

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4 pensamientos en “El Castillo

  1. Lo felicito a Ismael por el aporte del CASTILLO y aprovecho para felicitarlo por su nota en el ARQ de Clarin de la semana pasada. TAMBIEN FELICITO A ESTE SITIO POR LOS EXCELENTE ESCRITOS – me nutren mucho – son aire fresco a la arquitectura y el urbanismo. Un abrazo . Arq Jorge Lema

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    • El castillo es posiblemente la obra más intrincada de Kafka quien la escribiera en 1922. Plantea el problema de la realidad, la veracidad de lo significado y de la imposibilidad de una fe ingenua en la palabra. Todo lo que allí se afirma debe ser puesto entre signos de interrogación, ninguna de las informaciones que se dan conserva su valor durante todo el relato, cada uno de los elementos en juego tiene varios significados posibles, cada uno de ellos sólo provisionalmente exactos.
      El castillo sólo permite una lectura a partir de la desconfianza, puesto que confiar implicaría cometer los mismos errores de su protagonista.

      El extracto enviado es claro y anima al lector a internarse en esta obra fascinante.

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