Marvel Houses

Villas Finolhu, Islas Maldivas, YYA

El presupuesto total de la operación superaba con creces los mil millones de dólares —más de quinientos mil francos por habitación— y debía conducir a la creación de centros hoteleros cuyo lujo sólo fuera comparable con su autonomía: la idea maestra de los promotores era, en efecto, que, si bien es razonable que ese lugar privilegiado de descanso, ocio y cultura que debe ser siempre un hotel se halle en una zona climática adaptada a una necesidad precisa (tener calor cuando en otras partes hace frío, aire puro, nieve, yodo, etc.) y próxima a un lugar específicamente dedicado a una actividad turística determinada (baños de mar, estación de esquí, balnearios, ciudades artísticas, curiosidades y panoramas naturales [parque, etc.] o artificiales [Venecia, los matmata, Disneyworld, etc.], etc.), ello no debía constituir en ningún caso una obligación: un buen hotel debe ser aquel en que un cliente ha de poder salir, si le apetece salir, y no salir, si salir es una carga para él. Por consiguiente, lo que caracterizaría primordialmente los hoteles que se proponía construir Marvel Houses International sería que comportarían, intra muros, todo cuanto una clientela rica, exigente y perezosa pudiera tener ganas de ver o hacer sin salir, como era, sin la menor duda, el caso de la mayoría de aquellos visitantes norteamericanos, árabes o japoneses que se sienten obligados a recorrer de cabo a rabo Europa y sus tesoros culturales, sin por ello tener necesariamente ganas de patearse kilómetros de museos o de dejarse conducir incómodamente por entre los embotellamientos contaminantes de Saint–Sulpice o de la plaza Saint–Gilles.


Esta idea se hallaba ya desde hacía mucho tiempo en la base de la hotelería turística moderna: había llevado a la creación de las playas reservadas, a la privatización cada vez más extendida de las costas y las pistas de esquí y al rápido desarrollo de los clubs, poblados y centros de vacaciones enteramente artificiales y sin relaciones vivas con su entorno geográfico y humano. Pero en nuestro caso fue admirablemente sistematizada: el cliente de una de las nuevas Hostelleries Marvel no sólo dispondría, como en cualquier cuatro estrellas, de su playa, su pista de tenis, su piscina de agua caliente, su golf de 18 hoyos, su parque ecuestre, su sauna, su marina, su casino, sus night–clubs, sus boutiques, sus restaurantes, sus bares, su quiosco de periódicos, su estanco, su agencia de viajes y su banco, sino que tendría igualmente su campo de esquí, sus remontadores, su pista de patines sobre hielo, su fondo submarino, sus olas para surf, su safari, su acuario gigante, su museo de arte antiguo, sus ruinas romanas, su campo de batalla, su pirámide, su iglesia gótica, su zoco, su bordj, su cantina, su plaza de toros, su emplazamiento arqueológico, su Bierstübe, su Bal–à–Jo, sus bailarinas de Bali, etc., etc., etc., y etc.

Georges Perec, La vida instrucciones de uso, Anagrama, 1988

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