Mi Palacio Ideal

Ferdinand Cheval, le Palais Idéal

“En mi condición de cartero rural, me echaba a los caminos cada día, como otros 27.000 camaradas míos. Recorría la distancia que hay entre Hauterives y Tersanne, en esa región en la que aún se observan signos evidentes de que en tiempos estuvo bajo las aguas del mar. A menudo tengo que hacer mi trabajo entre la nieve o el hielo, pero también entre las flores. ¿Qué puede hacer un hombre salvo soñar despierto, cuando se ve obligado diariamente un mismo camino? Un día comencé a levantar en mis sueños un palacio que era mi pura imaginación; una imaginación, estoy seguro, que no obstante no va más allá de lo que podría concebir cualquier hombre. Era un palacio con jardines, grutas, torres, castillos aledaños, un palacio que albergaba museos y esculturas: Todo cuanto de mayor hermosura pueda concebirse pintaba en mi mente, día a día, en mi caminar de los últimos diez años”.

“De soñar mi palacio, lo único que en verdad quería hacer, me invadía la sensación de que me pesaban las piernas y arrastraba los pies, como si fueran estos tras de mí en vez de llevarme. Así una vez tropecé y me caí. Al tratar de comprobar con qué había tropezado, vi una pequeña piedra en el suelo, muy hermosa, muy rara, perfectamente pulimentadas, que me guardé en el bolsillo. Me gustaba tocarla mientras seguía caminando, pues tocarla era en verdad muy placentero. Al día siguiente al pasar por el mismo punto, vi que había en el suelo otras piedras como la que llevaba en el bolsillo, la que había guardado el día anterior. Muchas de aquellas pequeñas piedras eran aún más hermosas que la mía. Me quedé un buen rato mirándolas, como poseído por un encantamiento. Seguí después por los senderos, por las faldas de las colinas, por los mismos desolados andurriales, más allá de todos los días”.

(…)

“Ahí, a partir de aquello, comenzaron mis tribulaciones mientras cargaba mi gran cartera con la correspondencia. Además de los casi 30 kilómetros diarios que recorre un cartero rural, llegué a hacer varios más con otras sacas a cuestas, en las que no llevaba correspondencia: Eran para meter aquellas piedras maravillosas que iba encontrando. Cada una de ellas se me antojaba distinta, extraordinaria; las iba apilando aquí o allá por el camino, para recogerlas después y meterlas en mis sacas. Como poco recorría así otros cinco kilómetros, una vez concluida mi jornada; a veces llegué a recorrer hasta diez. En ocasiones salía a recoger mis montoncitos de piedras a las dos o tres de la madrugada”.

(…)

“Cuando ya ha caído la noche
y los demás duermen,
construyo mi palacio
Nadie sabe de mis esfuerzos.
En algunos minutos de abatimiento,
Cuando el cansancio me vence
siento la llamada del enervante deber.
Así levanté mi palacio de las Mil y una noches.
Así levanté el monumento a mi memoria.”

Escritos de Ferdinand Cheval (1836-1924) extractados por John Berger en “Mi Palacio Ideal” en su libro “Siempre Bienvenidos”

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