La ciudad

isla de Goqui, China

¡Esto adelanta- exclamó un ingeniero cuando, por los railes colocados el día anterior, llegaba el segundo tren, repleto de hombres, carbón, material y víveres. La campiña ardía silenciosa bajo la luz dorada del sol. La alta montaña, cubierta de bosques, se perdía en un horizonte azul-gris. Perros salvajes y búfalos sorprendidos presenciaban el trabajo que se había iniciado y el estrépito que llenaba lo que había sido desierta soledad, y cómo brotaban del verde manchas de carbón, de ceniza, de papeles, de metal. Atravesaba el país asustado el chirrido del primer cepillo de carpintero, sonaba el primer disparo, comenzó a retumbar el primer yunque, bajo los rápidos golpes del martillo. Se levantó una casa de planchas de metal, al día siguiente una de madera y, luego, otra y otra, hasta que se edificó una de piedra. Se alejaron los perros salvajes y los búfalos. La región se hizo pacífica y fructífera. A la primavera siguiente, podían verse verdes campos de fruta, viviendas, cuadras, cobertizos. El desierto estaba ya cruzado por calles.

Se terminó e inauguró la estación, así como la alcaldía y el banco. A su alrededor, nacieron otras ciudades hermanas, apenas unos meses más jóvenes. Vinieron obreros de todo el mundo, campesinos y hombres de la ciudad, comerciantes y letrados, sacerdotes y maestros. Se establecieron una escuela, tres comunidades religiosas y dos periódicos. En el Oeste, fueron encontrados yacimientos de petróleo. Prosperaba la recién nacida ciudad. A los pocos años, albergaba ya rateros, ladrones, rufianes. Había grandes almacenes, una liga contra el uso de bebidas alcohólicas, una cervecería bávara, un modisto de París… La competencia de las ciudades vecinas aceleraba su crecimiento. Ya no faltaba ni el discurso electoral, ni la huelga, ni el cinematógrafo, ni las reuniones espiritistas. Podía adquirirse vino francés, pescado noruego, salchichón italiano, tejido inglés y caviar ruso. Cantantes, bailarines y músicos de segundo orden prolongaban sus tournées hasta la ciudad.

Poco a poco, llegó también la cultura. Era ya la ciudad de muchos. Había una manera de saludar, una manera de inclinar la cabeza al encontrarse con alguien, que se diferenciaba en la matización y en el sentimiento de las maneras de las otras ciudades. Muchos de los que habían tomado parte en su fundación, gozaban de respeto y simpatía y comenzaba a formarse una pequeña nobleza. Surgía una joven generación, para la que la ciudad, su ciudad, era casi eterna. Los tiempos en que había sonado el primer martillazo, en que se cometió el primer crimen, en que se celebró la primera misa, en que se imprimió el primer periódico, se habían perdido en el pasado, eran ya historia.

La ciudad dominaba a sus vecinas y era la capital de una extensa región. En las anchas y alegres calles, donde antaño sólo había habido chozas de madera o planchas de hierro, en medio de charcos y montones de ceniza, se levantaban ahora severos y dignos edificios del Estado, bancos, teatros e iglesias. Arrastrando los pies, marchaban los estudiantes a la Universidad o a la Biblioteca. Pasaban silenciosamente las ambulancias en dirección a los Hospitales. Alguien divisó el coche de un diputado y saludó. Anualmente, en veinte enormes escuelas de piedra y hierro, con himnos y disertaciones, fue celebrado el día de la fundación de la ciudad. El antiguo desierto era una sucesión de campos, fábricas y pueblos, cortado por veinte líneas de ferrocarril. La montaña se había acercado y abierto al corazón de los barrancos por un ferrocarril de montaña. Allá, o más lejos, a la orilla del mar, construían sus casas de verano las familias de posición.

Un terremoto echó abajo la ciudad unos cien años después de su fundación. Pero se levantó de nuevo y se hizo de piedra lo que aún era de madera, grande lo pequeño y ancho lo estrecho. La estación era la mayor del país, la Bolsa la más importante del continente. Arquitectos y artistas de la ciudad la rejuvenecían con nuevos edificios públicos, parques, fuentes, monumentos. En estos años, la ciudad se hizo famosa, se dijo de ella que era la mejor y la peor, que era una atracción. Políticos y arquitectos, técnicos y alcaldes de otras ciudades venían a estudiar los edificios, la canalización, la administración y las instalaciones de la ciudad. Comenzó la construcción de la nueva Casa Consistorial, uno de los edificios más bellos y considerables del mundo. Como la naciente riqueza y el orgullo municipal coincidieron con un resurgimiento del buen gusto general, en especial de la escultura y la arquitectura, la ciudad, que crecía velozmente, fue pronto un maravilloso y osado prodigio. A su parte central, cuyos edificios habían sido construidos sin excepción en valiosa piedra de un color gris pálido, rodeaba un ancho cinturón de bellísimos parques, a cuyo alrededor se perdía—un número infinito de calles y casas que conducían a los arrabales y al campo. Fue muy visitado y admirado su gran Museo, en cuyas cien salas, patios y dependencias, podía estudiarse la historia de la ciudad desde su nacimiento hasta el último momento de su desarrollo. En la primera y enorme sala del edificio, estaba representada la antigua campiña, con la más exacta y viva reproducción de su vegetación y de aquellas primeras miserables moradas, callejas e instalaciones. Toda la juventud de la ciudad contempló el desarrollo de la historia de ésta, de los escabrosos caminos al brillo de las avenidas de la gran ciudad. Y, conducida y guiada por la mano de sus maestros, conoció las leyes maravillosas del desarrollo y del progreso, cómo de lo crudo y duro surge el máximo refinamiento: el animal, el hombre; del salvaje, el hombre civilizado; de la necesidad, la abundancia; de la naturaleza, la cultura.

En la centuria siguiente, alcanzó la ciudad su máximo grado de brillantez, que se manifestó en una fabulosa abundancia que aumentaba día a día, hasta que una sangrienta revolución de las clases bajas acabó con todo. La chusma incendió muchas de las grandes refinerías de petróleo situadas a algunas millas de la ciudad, y una gran parte de la región, la de las fábricas, granjas y pueblos, quedó arrasada o abandonada. La ciudad propiamente dicha también sufrió matanzas y crueldades de toda índole. Si al cabo de unos años insípidos resurgió nuevamente, ya no pudo recuperar su anterior y despreocupada vida, su febril construir. Mientras tanto, había empezado a florecer un lejano país, al otro lado del mar, en el que trigo, hierro, plata y otros tesoros más, eran ofrecidos por la plenitud de un suelo joven, que aún entregaba sus frutos con buena voluntad. El país atrajo toda la fuerza que se diluía en el erial del viejo mundo. Allá florecían las ciudades de la tierra en una noche, desaparecían los bosques, se domaban las cataratas.

La hermosa ciudad fue empobreciéndose. Ya no era corazón y cerebro de todo un mundo. Ya no era Mercado y Bolsa de los otros países. Había que contentarse con seguir viviendo y no ahogarse totalmente en el estrépito de los nuevos tiempos. Las fuerzas ociosas que no marcharon al lejano nuevo mundo, no tenían ya nada que edificar o construir, y muy poco con que comercial. Había germinado en el viejo suelo, es cierto, una intensa vida espiritual, surgían sabios y artistas, pintores y poetas, en la cada vez más silenciosa ciudad. Los descendientes de aquellos que antaño habían edificado las primeras casas, pasaban sonrientes sus días en reposada y tardía florescencia de placeres y anhelos del espíritu. Pintaban la melancólica gravedad de los viejos jardines musgosos con estatuas rotas y verdes aguas, y cantaban en dulces versos de antaño los tiempos antiguos, el silencioso soñar de gente fatigada de viejos palacios.

Fue esto motivo para que recorriera nuevamente el mundo entero el nombre y la gloria de la ciudad. Aunque en otros países las guerras estremecieron a los pueblos y los agobiaran penosos trabajos, la ciudad supo conservar la paz de su mudo retiro y el recuerdo del esplendor de otros tiempos: calles quietas; aroma de flores colgantes; fachadas de color de tiempo de inmensos edificios que soñaban en plazas silenciosas; conchas de las fuentes cubiertas de musgo, acompañadas de la queda música de las aguas.

Durante varios siglos, la vieja y soñadora ciudad fue, para el mundo, más joven, un venerado y amado lugar que cantaban los poetas y visitaban los amantes. Pero era en otros continentes donde la vida arraigaba con mayor fuerza. Y, en la ciudad, murieron o desaparecieron los descendientes de las antiguas familias. Hasta aquel último renacer espiritual empezaba a alejarse en el tiempo. Todo estaba podrido. Las ciudades vecinas, más pequeñas, habían desaparecido por completo hacía ya mucho tiempo. Eran solamente unos montones de ruinas, que visitaban pintores y turistas extranjeros o servían de refugio, a veces, a gitanos o criminales huidos.

Un terremoto que, por cierto, no afectó a la ciudad, cambió el curso del río y la parte desierta del país se convirtió en pantano. Y de las montañas, en las que se desmenuzaban los restos de antiquísimos puentes de piedra, y casas de campo, bajó lentamente el bosque, el viejo bosque. Desapareció la ancha región desierta, se confimdió con el verde círculo y cubrió aquí un pantano con un verde susurrante, allá un pedregal con un joven y tenaz bosque de pinos.

Por último, desaparecieron sus ciudadanos y sólo la habitó la chusma, gente peligrosa e indeseable que se albergó en las ruinas de los derribados palacios, y cuyas raquíticas cabras pastaban en los antiguos jardines y avenidas.

Hasta esta gente acabó por desaparecer, enferma y macilenta. Todo era consumido por la fiebre y el abandono.

Sin embargo, los restos de la vieja Casa Consistorial, en un tiempo orgullo de la ciudad, aún se mantenían en pie en los cantos de todas las lenguas; en las innumerables leyendas de los pueblos vecinos, también olvidados y con una cultura perdida; en cuentos infantiles y en melancólicas pastorelas que, tétricamente repetían, desfigurados, nombres de la ciudad o de su brillante paraíso. Sabios de lejanos países, de países vivos, venían en peligrosos viajes de investigación, y estudiantes de otras latitudes discutían animadamente ante las ruinas. Supusieron la existencia de piedras preciosas y de un milenario arte mágico de tiempos fabulosos, que conservarían las salvajes tribus nómadas del país.

El bosque bajaba paulatinamente de las montañas a la llanura -lagos y ríos nacían y se extinguían—, avanzaba y llegó a envolver a todo el país. Los restos de los viejos muros, de las calles, de los palacios, de los templos, de los museos, eran habitados por el zorro, la marta, el lobo y el oso.

Sobre lo que había sido un antiguo palacio, cuyos restos ya no verían la luz del sol, había crecido un pino que, un año atrás tan solo, había avanzado a la vanguardia del bosque invasor. Ahora veía ya perderse en la lejanía la espesura de los nuevos árboles.

-¡Esto adelanta!— exclamó un pájaro carpintero que martillaba el tronco y contemplaba, alegre, cómo se extendía el bosque y cómo la tierra era ya maravillosamente verde.

Hermann Hesse, La Ciudad (1910), extraído de “Cuentos 3”, Hermann Hesse, Alianza Editorial, 3a Edición, Madrid 1984.

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3 pensamientos en “La ciudad

  1. “La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero”.Decía Hermann Hesse y este sentir se podría aplicar al bello relato sobre La ciudad que parafraseando la idea anterior, es el constante renacer de la urbe y la búsqueda de sentido que se manifiesta en cada renacer.

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  2. Pingback: La ciudad | Espacio Público y Sociedad

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