Retrato de un amigo

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La ciudad que amaba nuestro amigo sigue igual; ha habido algún cambio, pero es poca cosa: han puesto trolebuses, han hecho algunos pasos subterráneos. No hay cines nuevos. Los antiguos siguen igual, con los mismos nombres, nombres que, al decirlos, despiertan en nosotros la juventud y la infancia. Nosotros vivimos ahora en otro sitio, en otra ciudad completamente distinta, más grande; y cuando nos encontramos y hablamos de nuestra ciudad, hablamos de ella sin pena por haberla dejado y decimos que ya no podríamos vivir en ella. Pero cuando volvemos a nuestra ciudad, nos basta atravesar el atrio de la estación y caminar en la niebla por los paseos para sentirnos como en nuestra casa; y la tristeza que nos inspira la ciudad cada vez que volvemos a ella está en este sentimiento nuestro de encontrarnos en casa y de comprender, a la vez, que ya no tenemos razones para estar en nuestra casa; porque aquí, en nuestra casa, en nuestra ciudad, en la ciudad donde hemos pasado la juventud, nos quedan ya pocas cosas vivas y nos recibe una multitud de memorias y de sombras.

(…)

Nuestra ciudad se parece —nos damos cuenta ahora— al amigo que perdimos y que la quería tanto; es, como él era, laboriosa, ceñuda en su actividad febril, y terca; y, al mismo tiempo, es perezosa, siempre dispuesta al ocio y al sueño. En la ciudad que se le parece sentimos revivir a nuestro amigo vayamos donde vayamos; a cada esquina, a cada vuelta, nos parece que de pronto puede aparecer su alta figura con abrigo oscuro, la cara hundida entre las solapas, y el sombrero calado sobre los ojos. El amigo medía la ciudad con su largo paso, terco y solitario; se recogía en los cafés más apartados y llenos de humo, se quitaba ágilmente el abrigo y el sombrero, dejándose, sin embargo, en torno al cuello su horrible bufanda clara; se enredaba en sus dedos los largos mechones de sus cabellos castaños, y luego se despeinaba de improviso con movimiento brusco. Llenaba hojas y hojas con su caligrafía ancha y rápida, tachando furiosamente; y celebraba, en sus versos, la ciudad:

Natalia Guinzburg. Las pequeñas virtudes

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Un pensamiento en “Retrato de un amigo

  1. Qué bello texto! todo ta cierto lo que ex`pone N.Guinzburg, con su Habitual sensibilidad.
    La comparación de su ciudad con el amigo es genial podría decirse que cuando uno deja su pueblo chico es como cuando una amigo toma distancia,,,,y otro amigo aunque sea muy cercano no lo reemplazará jamás.
    Medir la ciudad, es decir la casa mayor de a cada uno, a trancos de pie, de perfumes, de sabores, de susurros o algarabías es lo que hace de ella un ser único Quererla y nunca olvidarla !

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