En Santa Croce sin Baedeker

Era agradable despertar en Florencia, abrir los ojos en una clara y desmantelada habitación, con el suelo de baldosas rojas que parecía limpio aunque no lo estaba, con un techo donde rosados grifos y azules amorcillos jugaban en un bosque de amarillos violines y fagotes. Era agradable también precipitarse holgadamente a las ventanas, pillarse los dedos en desconocidos cerrojos, salir al sol exterior resplandeciente con bellas colinas y árboles y marmóreas iglesias enfrente, y, muy cerca, en la parte baja, el Arno, murmurando contra la orilla de la carretera.

Al lado del río trabajaban hombres con azadas y cribas en las arenosas orillas, y sobre el río un barco, también diligentemente utilizado con alguna misteriosa finalidad. Un tranvía eléctrico llegó precipitándose por debajo de la ventana. Nadie iba sentado dentro,excepto un turista. Pero las plataformas rebosaban de italianos, que preferían viajar de pie. Los niños intentaban colgarse en la parte trasera, y el conductor, sin mala fe, les escupió en la cara con tal de ahuyentarlos. Luego aparecieron soldados, bien parecidos, de baja estatura, acarreando cada uno de ellos una mochila cubierta con una mugrienta piel, y un gran abrigo que había sido confeccionado para alguien de mayor estatura. Marchaban los soldados, de aspecto alocado y combativo, y detrás de ellos la chiquillería, dando saltos al compás de la banda. El tranvía llegó a enredarse entre sus filas,avanzando con dificultad, como una oruga entre una congregación de hormigas. Uno de los chiquillos cayó, y algunos bueyes salieron de una arcada. Verdaderamente, si no hubiera sido por la oportuna advertencia de un viejo que vendía botones, la calle no se habría despejado nunca.

A base de trivialidades como ésas, una valiosa hora puede perderse,y el viajero que ha ido a Italia para estudiar los valores táctiles de Giotto o la corrupción del Papado puede irse recordando sólo el cieloazul y los hombres y mujeres que debajo de él viven. Así era cuando la señorita Bartlett irrumpió no sin comentar que Lucy había dejado la puerta sin cerrar con llave, o había salido a la ventana antes de haberse vestido completamente, y dándose prisa a sí misma o perderían lo mejor del día. Cuando Lucy se encontraba arreglada, su prima ya le había preparado el desayuno y escuchaba a la inteligente dama entre los ruidos.Siguió entonces una conversación basada en conocidos lugares comunes. La señorita Bartlett estaba, después de lodo, algo cansada,y le pareció mejor pasar la mañana instalándose. Pero ¿acaso Lucy deseaba salir? A Lucy le apetecía salir, puesto que aquél era su primer día en Florencia, pero sin duda podía ir muy bien sola. La señorita Bartlett no podía permitir eso. Sin lugar a dudas acompañaría a Lucy por todas partes. ¡Oh, ciertamente no! Lucy no se lo podía permitir a su prima. ¡Oh, no! ¡Oh, sí!

En este punto intervino la ingeniosa dama.

-Si se trata de que la señora Grundy les da quebraderos de cabeza, les aseguro que pueden olvidarse de esa buena señora. Siendo inglesa, la señorita Honeychurch estará perfectamente a salvo. Los italianos se dan cuenta. Una querida amiga mía, la condesa Baroncelli, tiene dos hijas, y cuando no puede mandar a la sirvienta para que las acompañe a la escuela, las viste con unos sombreritos de marinero en su lugar. Todo el mundo las toma por inglesas, especialmente si llevan el pelo recogido en la nuca.

La señorita Bartlett no quedó convencida de la seguridad de las hijas de la condesa Baroncelli. Estaba muy determinada a acompañar personalmente a Lucy, teniendo en cuenta que su físico no era ni mucho menos despreciable. La ingeniosa dama dijo que iba a pasar la mañana en Santa Croce, y si Lucy quería ir con ella estaría encantada.

-La llevaré por unas sucias calles laterales, señorita Honeychurch, y si la suerte nos lo permite tendremos una aventura. 

Lucy dijo que era muy amable, y en seguida abrió el Baedeker para ver dónde se encontraba Santa Croce.

-¡No, no, señorita Lucy! Espero que prescinda pronto de su Baedeker. Sólo enseña los lugares superficialmente. Por lo que se refiere a la verdadera Italia, no la ha visto ni en sueños. La verdadera Italia se descubre solamente con paciente observación.

Resultaba muy interesante y Lucy se dio prisa en terminar su desayuno empezando esta nueva amistad con el mejor ánimo. Italia llegaba, por fin. La cockney Signora y sus maniobras se desvanecían como un mal sueño.La señorita Lavish, pues éste era el nombre de la ingeniosa dama, se encaminó hacia la derecha del soleado Lung-Arno. ¡Cuán delicioso calor! Aunque un viento proveniente de las calles laterales cortaba como un cuchillo, ¿no era cierto? Ponte alle Grazie, particularmente interesante, mencionado por Dante. San Miniato, tan bello comointeresante. El crucifijo que besó un asesino: la señorita Honeychurch seguramente recordaba la historia. Los hombres pescaban en el río.(No era cierto, pero siempre añadía información.) Entonces la señorita Lavish se dirigió hacia la arcada de los bueyes blancos y parándose gritó:

-¡Olor! ¡Un verdadero olor florentino! Cada ciudad, permítame ser su maestra, tiene su propio olor.

-¿Es un olor agradable? -preguntó Lucy, que había heredado de su madre la repugnancia por la suciedad.

-Uno no viene a Italia para encontrarse con cosas agradables -fue la réplica-; uno viene a encontrar vida.

Una habitación con vistas, Edward Morgan Forster

Anuncios

Un pensamiento en “En Santa Croce sin Baedeker

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s