La mujer casada

El burgués de otro tiempo pensaba que, conservando el orden establecido y manifestando sus virtudes por su prosperidad, servía a Dios, a su patria, a un régimen, a una civilización: ser feliz era cumplir su función de hombre. También la mujer necesita que la vida armoniosa del hogar se supere hacia algunos fines: el hombre será quien sirva de intérprete entre la individualidad de la mujer y el universo, será él quien revista de valor humano esa artificialidad contingente. Al extraer junto a su esposa la energía necesaria para emprender, actuar, luchar, es él quien la justifica; ella solo tiene que dejar su existencia entre las manos de él, que le dará su sentido. Ello supone por su parte una humilde renuncia; pero encuentra en esto su recompensa, porque, guiada, protegida por la fuerza masculina, escapará al abandono original; se hará necesaria. Reina en su colmena, reposando apaciblemente en sí misma en el corazón de su dominio, pero transportada por mediación del hombre a través del universo y el tiempo sin límites. Esposa, madre, ama de casa, la mujer encuentra en el matrimonio, a la vez, la fuerza para vivir y el sentido de la vida. Necesitamos ver cómo se traduce en la realidad ese ideal.

El ideal de la felicidad se ha materializado siempre en la casa, la choza o el castillo; encarna la permanencia y la separación. Entre sus paredes, la familia se constituye en célula aislada y afirma su identidad más allá del paso de las generaciones; el pasado, puesto en conserva bajo forma de muebles y retratos de antepasados, prefigura un porvenir sin riesgos; en el huerto, las estaciones inscriben en legumbres comestibles su ciclo tranquilizador; todos los años, la misma primavera, adornada con las mismas flores, promete el retorno del inmutable verano, del otoño con sus frutos idénticos a los de todos los otoños: ni el tiempo ni el espacio escapan hacia lo infinito, giran sabiamente en redondo. En toda civilización fundada en la propiedad de bienes raíces existe una abundante literatura que canta la poesía y las virtudes de la casa; en la novela de Henry Bordeaux titulada precisamente La maison se resumen todos los valores burgueses: fidelidad al pasado, paciencia, economía, previsión, amor a la familia, al suelo natal, etc.; es frecuente que los chantres de la casa sean mujeres, puesto que su tarea consiste en asegurar la dicha del grupo familiar; su papel, como en la época en que la «dómina» se sentaba en el atrio, consiste en ser «ama de casa». Hoy la casa ha perdido su esplendor patriarcal; para la mayoría de los hombres es solamente un hábitat al que ya no aplasta el recuerdo de las generaciones difuntas y que ya no aprisiona los siglos por venir.
Pero la mujer todavía se esfuerza por dar a su «interior» el sentido y el valor que poseía la verdadera casa. En Cannery Road, Steinbeck describe a una vagabunda que se obstina en adornar con tapices y cortinas el viejo tubo abandonado donde vive con su marido: en vano objeta este que la ausencia de ventanas hace inútiles las cortinas.
Esta preocupación es específicamente femenina. Un hombre normal considera los objetos que le rodean como instrumentos; los dispone según los fines para que están destinados; su «orden» -donde la mujer frecuentemente solo verá desorden- consiste en tener a mano sus cigarrillos, sus papeles, sus útiles. Entre otros, los artistas a quienes es dado recrear el mundo a través de una materia -escultores y pintores- se despreocupan por completo del marco en que viven. A propósito de Rodin, escribe Rilke:

La primera vez que fui a casa de Rodin comprendí que para él la casa no era sino una pura necesidad, nada más: un abrigo contra el frío, un techo bajo el cual dormir. Le era indiferente y no pesaba en absoluto sobre su soledad o su recogimiento. Era en sí mismo donde encontraba un hogar:
sombra, refugio y paz. El mismo se había convertido en su propio cielo, su bosque y su ancho río al que ya nada detiene.

Mas, para hallar un hogar en sí mismo, es preciso, en primer lugar, haberse realizado en obras o actos. El hombre sólo se interesa mediocremente por su interior, puesto que accede al universo entero y puede afirmarse en sus proyectos. En cambio, la mujer está encerrada en la comunidad conyugal: para ella se trata de transformar esa prisión en un reino. Su actitud con respecto al hogar está determinada por esa misma dialéctica que define generalmente su condición: toma al hacerse presa, se libera al abdicar; renunciando al mundo, quiere conquistar un mundo.

(…) Pero ella se aplicará en negar esa limitación. Encierra entre sus paredes, bajo formas más o menos costosas, la fauna y la flora terrestres, los países exóticos, las épocas pasadas; encierra allí a su marido, que resume para ella a toda la colectividad humana, y a su hijo, que, bajo una forma portátil, le da todo el porvenir. El hogar se convierte en el centro del mundo e incluso en su única verdad; como observa justamente Bachelard, es «una suerte de contrauniverso o un universo de lo contrario»; refugio, retiro, gruta, vientre, protege contra las amenazas de fuera: y esta confusa exterioridad es la que se hace irreal. Al anochecer, sobre todo, cuando se cierran las contraventanas, la mujer se siente reina; la luz que el sol universal derrama al mediodía, la molesta; por la noche, ya no se siente desposeída, porque anula lo que no posee; ve brillar una luz bajo la pantalla, una luz que es suya y que ilumina exclusivamente su morada: no existe nada más.

(…) Gracias a los terciopelos, las sedas y las porcelanas de que se rodea podrá la mujer satisfacer en parte esa sensualidad prensora a la que no da satisfacción ordinariamente su vida erótica; también hallará en esa decoración una expresión de su personalidad; ha sido ella quien ha elegido, fabricado, «descubierto» muebles y chucherías; ella quien los ha dispuesto según una estética en la que la preocupación por la simetría ocupa generalmente un amplio lugar; esos objetos le reenvían su imagen singular, al mismo tiempo que testimonian socialmente cuál es su nivel de vida. Por tanto, su hogar es para ella la parte que le ha correspondido en este mundo, la expresión de su valía social y de su verdad más íntima. Como no hace nada, se busca ávidamente en lo que tiene.

(…) Un periodista norteamericano, que ha vivido varios meses entre los «blancos pobres» del sur de Estados Unidos, ha descrito el patético destino de una de esas mujeres abrumadas de trabajo que se encarnizan vanamente por hacer habitable un tugurio. Vivía con su marido y siete hijos en una barraca de madera, con las paredes cubiertas de hollín, llena de chinches; había intentado «adecentar la casa»; en la pieza principal, la chimenea recubierta de un enlucido de cal de tono azulado, una mesa y algunos cuadros colgados de las paredes evocaban una especie de altar. Pero el tugurio seguía siendo un tugurio, y la señora G…. con lágrimas en los ojos, decía: «¡Ah, cómo detesto esta casa! ¡Creo que no hay nada en el mundo capaz de adecentarla!» Legiones de mujeres sólo comparten así una fatiga indefinidamente recomenzada en el curso de un combate que jamás proporciona la victoria. Hasta en los casos más privilegiados, esa victoria nunca es definitiva.

(…) Con tierna ironía, Dorothy Parker (1) ha descrito el desconcierto de una mujer joven, convencida de que debe aportar a la disposición de su hogar una nota personal y no sabe cómo hacerlo.

(1) Véase Too bad.
La señora de Ernest Weldon erraba por el estudio bien arreglado, dando algún que otro de esos pequeños toques femeninos. No era especialmente experta en el arte de dar toques. La idea era agradable y atrayente. Antes de casarse, se había imaginado que se pasearía dulcemente por su nueva vivienda, desplazando aquí una rosa, enderezando allí una flor y transformando así una casa en un «hogar». Incluso ahora, después de siete años de matrimonio, gustaba imaginarse entregada a tan graciosa ocupación. Pero, aunque todas las noches lo intentaba conscientemente, tan pronto como las lámparas de pantalla rosa se encendían, se preguntaba un tanto afligida cómo se las arreglaría para realizar aquellos minúsculos milagros que hacen un interior completamente diferente…
Dar un toque femenino era misión de la esposa. Y la señora Weldon no era mujer que esquivase sus responsabilidades. Con aire de incertidumbre casi lastimosa, tanteaba en la chimenea, levantaba un pequeño jarrón japonés y permanecía de pie, con el jarrón en la mano, examinando la estancia con expresión desesperada… Luego retrocedía unos pasos y consideraba sus innovaciones. Era increíble los escasos cambios que habían introducido en la pieza.

El segundo sexo, Simone de Beauvoir

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