El señor gallinazo vuelve a Lima

Basura electrónica

El Señor Gallinazo volvió a Lima después de varios años de ausencia. Desde lo alto, ingresando por el lado del mar, advirtió que la ciudad había crecido un poco hacia arriba y muchísimo a lo ancho.

Las torres de las iglesias, sus espadañas y campanarios, eran ahora más pequeños que los modernos edificios, y por sobre huertas, ayer floridas, fundos de frutales y parras, y aun lenguas de arena ondulada, se descubrían barrios residenciales, al Sur, y oscuras masas de chozas, al Norte y al Este.

No obstante que durante su viaje de vuelta a la patria había decidido poner sus rugosas patas en un saledizo de la Catedral, mirador tradicional de pájaros viejos, la visión lo indujo a descender, luego de ejecutar varios círculos concéntricos, en un basural, en torno al cual, como seres de semejante condición, personas y chanchos, niños y perros, parecían disputarse o compartir el mismo lugar de vida y trabajo.

Tocó tierra, contrajo sus fatigadas alas negras, aguzó sus ojillos irritados de tanto otear el horizonte, y permaneció inmóvil unos instantes.

Oía el hozar de los cerdos, el ladrido de los canes, la bronca voz de los adultos y la risa cristalina de los pequeños. Y meditaba sobre este desconocido aspecto de su ciudad natal.

La recordaba limpia, serena, silenciosa, dulce. Lo que en ese momento contemplaba -un torneo de hambre entre animales y hombres- decía otra cosa de los nuevos tiempos. Y eso lo entristecía.

Sebastián Salazar Bondy, 1961

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