El Tío Enrique

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Me gusta Rosario cuando llega el invierno. Cuando caen las primeras nevadas y por el Paraná bajan los grandes bloques de hielo.

De chico, yo subía a la terraza de mi casa, me trepa­ba a un pilar y desde allí veía, entre algunos edificios, pedazos del río y el rayón verde de la isla. Y también divisaba los hielos, deri­vando aguas abajo de la misma forma en que lo hacían los cama­lotes durante el verano. Quintina decía haber visto animales sobre aquellos témpanos. Monos, pecaríes y hasta víboras, pero no se le podía creer mucho porque ella era muy fantasiosa a pesar de su simpleza. Lo cierto es que yo había visto una familia de paragua­yos bajando en un camalote y Eduardito contaba que una vez venía una lampalagua comiéndose un chancho arriba de uno de esos hielos.

Lo que a mí me encantaba era mirar la llegada del hidroavión. Yo sabía que llegaba a Rosario a eso de las cinco de la tarde y me es­capaba hacia la terraza. Acuatizaba muy cerca de la zona donde yo vivía (Catamarca y Corrientes, el Edificio Dominicis) y entonces se lo podía ver, próximo y brillante, metálico, como si ya viniera moja­do. Era un aparato panzón, hermoso, y se divisaba bajo las alas -y entre los dos inmensos flotadores- la fila de ventanitas. Incluso a veces llegaban a verse los rostros levemente despavoridos de los pasajeros, aún no muy acostumbrados a aquellas aventuras. El hidroavión descendía y yo no lo veía tocar el agua porque ya me lo tapaban los edificios. Y eso que aterrizaba bastante antes de la Estación Fluvial porque, en aquellos tiempos, toda la zona frente a la estación estaba ocupada por la actividad increíble de las dársenas. Estoy hablando, por supuesto, de antes de que los porteños nos robaran el puerto.

Mi viejo me llevaba muchas veces a visitar el puerto. No se permitía entrar. Siempre había un marinero de guardia pero mi viejo le decía un par de cosas, muy suelto, canchero y el marinero nos facilitaba la entrada. De allí en más crecía un bosque de mástiles y de torretas de los barcos y, dejando el auto (un Fiat Balilla, negro), empezábamos a recorrer los depósitos y los galpones entre la multitud de gente. Aquello era una sinfonía de razas y de colores. Había marinos rubios y colorados, de pelo casi blanco algunos, muy atildados que llegaban de los vapores de ultramar europeos. Había hindúes, con sus turbantes y taparrabos, chinos malayos, que bajaban de sus praos procurando conseguir perros para comer (decía Quintina que tía Lilia les había vendido el “Batuque” cuando ya estaba viejo). Había árabes que siempre parecían pelearse por su forma aparatosa de conversar. Y había negros, gigantescos algunos, llegados desde África en galeones o esquifes que, en ocasiones, procuraban escapar solicitando trabajo en la construcción del Monumento a la Bandera (el primero, el que no se terminó). Todo eso le daba al lugar una algarabía, una vitalidad y una atmósfera formidables. Los gritos, las órdenes, el azote de las velas al desplegarse, los mil idiomas diferentes, las corridas de los marineros franceses cruzando el boulevard costanero para cambiar divisas en el Sunderland o en el Wembley. El rezongar de los animales, que también los había. Estaban los enormes caballos de la Policía Montada con sus jinetes de uniforme azul que los hacían caracolear entre los bultos y los cajones descargados procurando evitar robos y fundamentalmente peleas, entre los balleneros nórdicos y los atuneros de El Callao, que bajaban siempre absolutamente borrachos con agua de alcanfor. Y había chivos, camélidos, jaulas repletas de loros, guacamayos y monos amazónicos. Hasta una jirafa vi un día, algo absorta, como espantada por todo aquel caótico mundo que la rodeaba.

Roberto Fontanarrosa, 1985

 

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