Elogio del cambio de despacho

 

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En 1984, la sede del Instituto de Energía Solar se trasladó desde los sótanos del edificio A de la E.T.S.I. de Telecomunicación de la Universidad Politécnica de Madrid, donde estaba desde su creación en 1979, hasta el flamante anexo al nuevo edificio C, que utiliza desde entonces. La ocasión fue propicia para cambios y renovaciones, entre ellos los de la papelería que ocupa y engalana los despachos.
La tarea estuvo facilitada por una empresa de mudanzas que embaló en cajas todos los papeles que cada investigador decidió conservar y los trasladó a los nuevos despachos. Colocarlos otra vez en los anaqueles de las estanterías ya fue cosa de cada uno de nosotros.

En mi caso, durante la selección previa al embalaje en las cajas descarté más de la mitad de los papeles que almacenaba mi antiguo despacho. Pero aun así, los que llegaron al nuevo ocupaban más de una veintena de cajas, que parecieron excesivas a las escasas ganas de ocuparme en su recolocación. Así que fui posponiendo esa tarea, y me limité a ir buscando en las cajas y reubicando en los anaqueles únicamente aquellos papeles que, por alguna razón concreta de mi trabajo, iba necesitando. Por esta desidia hube de pagar el precio de convivir durante un largo tiempo con un montón de cajas abiertas que ocupaban más de la mitad del suelo de mi nuevo despacho. Pero el incomodo fue poco, ya que mi militancia en la machadiana cofradía del “torpe aliño indumentario”, en la que profeso desde niño, me había capacitado sobradamente para enfrentarme a situaciones así. El ritmo de búsqueda y reubicación de papeles, que era de una docena por día en la primera semana, fue disminuyendo con rapidez, y prácticamente se anuló antes de cumplir los dos meses, aun a pesar de que la cantidad de papeles que iban traspasados a los anaqueles desde las cajas no pasaba de la quinta parte de su contenido inicial. No sin cierta sorpresa, hube de concluir que menos de una décima parte de todos los papeles que había ido atesorando en mi antiguo despacho a lo largo de 18 años de profesión, servían realmente para algo.

Me pareció entonces que, a través de mi propia experiencia, el cielo me estaba enseñando a discernir entre lo que es y no relevante, y decidí aplicarme la lección con el ejercicio de cerrar las cajas tal y como estaban, es decir, con más de las tres de su contenido original, y entregar su cuidado a un punto de recogida depapel para reciclaje. Y ocurre que hoy, ya transcurridos diez años de aquella decisión, aún no he echado en falta ninguno de aquellos papeles que, originariamente destinados a la ocupación de mis anaqueles, acabaron reciclados.

Quizás algunos de ellos sean ahora soporte de un cuento para niños o de una carta de amor. Desde luego, si así fuera, su destino se habría visto notablemente mejorado.

Desprenderme de la vasta mayoría de mis papeles sin afectar al ejercicio profesional fue, así me lo pareció entonces y así lo creo todavía, un éxito notable, el cual me animó a extender tal procedimiento depurador a otras actividades, entre las que se cuenta la elección de los temas a tratar en el proyecto editorial que inaugura este libro, para la que me he ajustado al sencillo criterio de descartar todo aquello que yo mismo no haya utilizado alguna vez en los últimos años.”…

Eduardo Lorenzo Pigueras. Sobre el papel de la energía en la historia

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2 pensamientos en “Elogio del cambio de despacho

  1. qué dilema el qué hacer con los papeles, de joven no sabés si algún día realmente los vas a necesitar…
    Hermosas las fotos: el contraste de los bloques con el amarillo de los árboles (tilos?)

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    • Gracias por tu comentario Camila… El escrito y sus imágenes permiten múltiples lecturas y eso es lo interesante de todo este juego: En el caso de Eisenmann las cajas son lo muerto (más literalmente son los muertos). En el escrito aquello que no es necesario se convierte -para plantearlo en términos de eficiencia energética que tanto gustan al autor- en un peso “muerto” que impide la libertad de movimientos.

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