El alba del alhelí

Solana del mar

Homenaje

A ti, arquitecto de la luz, tocado
del soplo de la mar grecolatina;
mano que eleva, frente que origina
la gracia en el azul ilimitado.

Por ti otra vez el cielo fue creado,
por ti el oscuro bosque se ilumina.
Canta tu arquitectura cristalina
sobre el espacio más deshabitado.

Te espera el sol, el aire anda impaciente
del campo a la ciudad, y el hombre siente
morirse de dolor en la mirada.

El arquitecto puede hacer la rosa
y con el sol la vida más dichosa,
en luz, en luz, en luz edificada.

(…)

Aquí conmigo estás, igual que afuera,
bosque del sueño, siempre estoy contigo.
Si primavera yo, tú, primavera.
Nos mece el mar, nos canta el viento amigo.
Estamos ya en Punta Ballena.

El bosque 
Cuando Antonio Bonet se instaló en la vieja casa del bosque, ya decidido el plan que le daba poderes para transformarlo, la primera pregunta que asomó a sus ojos, no sin filo de miedo seguramente, fue:

¿Cómo meterme en ese bosque, cómo penetrarlo, tocarlo sin dañarlo, sin herirlo en su maravilla?

Delante del bosque, tapado por su extensa espesura, se halla el mar, golpeando el cegador marfil de una playa de seis kilómetros. Árboles, arenas y olas. Hay que exaltar el bosque, haciéndolo visible por dentro, pero sin destruirlo; hacer que el océano mire a su corazón y que éste a su vez pueda mirar su azul sin sacrificio de su oculta belleza.

«Solana del Mar» 
Una milagrosa y bella casualidad hace que el paralelo de Punta Ballena coincida en el hemisferio norte con el paralelo que pasa por el eje del Mediterráneo. No deja esto de ser una alegría y hasta un estimulante para la clara visión arquitectónica de Bonet, hijo de sus orillas. Algo de la hermosura balear y de la Costa Brava catalana tienen estos cantiles, término de una sierra, que limitan la playa por un lado, y la luz de este cielo batida mansamente en el azul extenso de las olas. Desde lo alto del lomo de la Ballena, se ve el mar allá abajo romperse en un solemne juego curvo de la blandura bríllante de los médanos que la separan del bosque. Agua, playa, arenas y árboles. Azules, pálidos amarillos, verdes profundos. Ancho escenario soleado. Luz que recorta, ciñe, periila. Lugar para una clara arquitectura. En él, Antonio Bonet planta su «Solana del Mar».

Y la planta después de un largo combate a fondo con las dunas a las que roba unos miles de metros de arena, que es empleada en el saneamiento del bosque. Aprovechando los declives de un médano, que Bonet mueve con verdadera gracia para convertirlo en jardines, hace arrancar el arquitecto desde uno de sus montículos una gran plancha de hormigón armado que es a la vez radiante y soporte de un jardín suspendido, en verdad asombroso. Esta audaz azotea puede escalarse por uno de sus extremos subiendo las suaves pendientes de granilla que hoy florece en la arena. ¿Nos hallamos acaso en la cubierta de un lujoso navío recién anclado dentro de un paisaje, al pie del verde malecón que finge el bosque? Visto desde la playa, el edificio entero sugeriría el sueño de un imposible barco empavesado de celajes y árboles. Su quilla es casi toda de cristal, atorada en la proa de maderas preciosas, acusadas por rectas verticales que parecen fundirse con los troncos del fondo. Mas no nos engañemos. Esta aparente construcción naval es la «Solana», una impecable obra maestra, la inicial del vasto proyecto urbanístico de Punta Ballena concebido por Antonio Bonet.

(…) Cuando penetramos en la «Solana», descubrimos que todo el paisaje ha entrado con nosotros o, más exactamente, que se encontraba dentro ya, esperándonos. Si uno de los problemas de la moderna arquitectura era el de aprisionar la luz y el aire en el interior de la obra, aquí nos hallamos con que el mar y la playa pueden sentarse en nuestra mesa y que al verdor del bosque nada le impide acompañarnos a la hora del reposo, mientras la íntima lectura del libro preferido. Pinta Bonet su arquitectura, pero generalmente con el color que ya traen consigo las materias que emplea. Así, el cuadro que compone es de un diverso combinado natural que crea una armonía sorprendente, lejos de la vana decoración.

Rafael Alberti, El alba del alhelí, 1968

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