Bomarzo

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A la sala del castillo, enrejada de andamios, la sustituía ahora, ambiciosamente, el bosque entero, la confusión de sus matorrales, de sus arboledas, de sus arroyos, de sus elevaciones, de sus rocas. Era menester por lo pronto, descubrir la forma exacta de ese secreto paisaje que escondía la broza, para saber a qué atenernos. Con singular paciencia y lucidez, midiendo, calculando, deduciendo, adivinando, Jacopo del Duca y sus ayudantes hicieron un estudio del terreno y de sus accidentes, y la disposición oculta del lugar, que mis antepasados y yo habíamos ignorado hasta entonces, comenzó a perfilarse en los esbozos, despojándose de las costras inmemoriales que la cubrían. Vi surgir, día a día, el rostro amado y desconocido de Bomarzo, en los retratos rápidamente bocetados por el maestro y sus alumnos, y fue como si una efigie muy hermosa, rescatada de las entrañas de la tierra por hábiles arqueólogos, fuera mostrando, al limpiarse, pulirse y desembarazarse de viejas escorias y herrumbres, el suave moldeado de las líneas puras. Las perspectivas se escalonaban y distribuían sobre el papel en niveles nítidos, graciosos, más allá del jardín de mi abuela, más allá del Ninfeo. Sólo las rocas inconmovibles, asentadas arbitrariamente, conservaban sus rasgos extravagantes en medio de la civilizada extensión, y aun ellas, al convertirse en raras esculturas, participarían del prodigioso redescubrimiento. No quería yo, pues nada hubiera sido más contrario a mi originalidad imaginativa, que el bosque de Bomarzo se transformara en un parque simétrico, de exacta lógica, en el que cada construcción respondería a meditadas correspondencias y equilibrios. Eso quedaba para los parques de otros príncipes italianos. El mío, que sería el reflejo de mi vida, sería también distinto de todos, inesperado, inquietante. Lo que en él hubiera de rigor armonioso debía servir precisamente para exaltar su fantasía.


Pronto comenzaron las faenas de desmonte y aplanamiento. Cuarenta vasallos trabajaron durante meses alisando y moldeando la tierra morena en los planos de las terrazas, a la vera de las peñas aisladas y de los brotes de maleza áspera y umbría. Antiguos árboles cayeron de bruces. Cedieron las arrancadas raíces. Yendo de una ventana a la otra, en la planta superior del castillo, a veces con Jacopo y sus colaboradores, y a veces solo, mirándolos moverse a la distancia, microscópicos, blandiendo sus escuadras y sus compases mientras recorrían el revuelto hormiguero, el paisaje exhumado me recordó a ciertas pieles cálidas de campesinas que me habían impresionado de muchacho y que había acariciado en mis años mozos, y a ciertas axilas destapadas repentinamente en la tersura de un cuerpo de mujer, como, para mencionar un caso concreto que me turbó en especial, las de la joven madre de Fulvio Orsini, la amante aldeana de mi hermano Maerbale, porque el contraste que ofrecían la dócil tierra tostada y la enmarañada y fresca espesura, refugiada en algún recodo, era similar al que resultaba, tan excitante, de aquellas voluptuosidades opuestas.


Los lugareños que no intervenían en la labor la observaban estupefactos. Se los veía, con sus hatos de cabras, acechando desde las alturas próximas. No conseguían penetrar lo que perseguía el duque maniático aunque probablemente estaban convencidos de que la tarea esencial de los duques consiste en organizar sus antojos. La opinión de los habitantes de Bomarzo, según me informó el intendente, se había dividido en dos sectores: algunos, los más apegados a la tradición, los más etruscos, consideraban las modificaciones casi como un sacrilegio, pero eran numerosos los que pensaban que gracias a ellas Bomarzo se incorporaría a la serie de villas célebres del Lacio y que eso contribuiría a sacarlos de la monotonía heredada. Resulta paradójico que yo, el tradicionalista por excelencia, representara el papel de revolucionario. Si hubiese sido un político en vez de un artista, la falta de correlación aparente entre mis principios y mi actitud hubiera sido menos asombrosa. Pero yo sabía que la verdad estaba de mi lado y, por lo demás, a nadie debía explicaciones.

(…)

En el fondo de la perspectiva, coronando las graduadas superficies cuyos niveles distintos se marcaron al cabo de poco tiempo con anchos tramos que a ningún sitio conducían, resolví emplazar el templete que atestiguaría mi homenaje a Julia. Sería pequeño, como una reducción de las grandes construcciones del Vignola —y al Vignola fue atribuido después, tan de cerca siguió su modelo— y Jacopo debía esmerarse en su dibujo. Las láminas que me presentó me fascinaron. Su cúpula, alzada detrás del breve pronaos, sólo allí alcanzaría a catorce metros, y su largo total a otro tanto, con doce columnas libres y varias más rodeando el ábside, lo cual sugería soluciones de ángulo, heterodoxas, muy bellas. Quería yo que aquella, tan insólita en su sencillez, fuera la obra inicial, y así se hizo. Mi aporte consistió en la decoración agregada al podio, para cuyos relieves me inspiré en ornamentos etruscos de mi colección.


Pero lo cierto es que el templete no me interesaba. Deseaba llegar cuanto antes a las esculturas, a las rocas, a la excentricidad. El templete, perfecto en su ritmo encantador, en su pulcra frialdad clásica, opondría a las extrañezas monumentales la misma antítesis que Julia Farnese había opuesto a mi personalidad compleja.
En él culminaría el parque entero —en eso y en su desemejanza señorial con el resto de las desusadas estructuras fincaba el prestigio del homenaje—, mas lo que me concernía en realidad era el resto, lo mío, y si agregué a su base la orla etrusca fue para afirmar en cierto modo, simbólicamente, una posesión, un vínculo entre Julia y yo, a los que aspiré siempre y que no existieron en verdad.


Jacopo del Duca, impregnado de los prejuicios estéticos de la villa de Caprarola, consagró todo su afán a esa arquitectura. A diferencia de mí, lo que formaba la particularidad de mi sueño no le atraía. Por ello presentí que para continuar la obra tendría que valerme únicamente de mí mismo, y ese desamparo me infundió nuevas fuerzas, ya que la obra temeraria sería entonces mi exclusiva creación.

Manuel Mujica Láinez, Bomarzo, 1958

Se puede descargar el libro completo aquí

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2 pensamientos en “Bomarzo

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