La isla misteriosa

Joaquín Torres García

La exploración de la isla estaba concluida, determinada su configuración, fijado su relieve, calculada su extensión y reconocida su hidrografía y su orografía. La disposición de los bosques y de las llanuras había sido anotada de una manera general en el plano levantado por el corresponsal; sólo faltaba descender de la montaña y explorar el terreno desde el triple punto de vista de sus recursos minerales, vegetales y animales.

Pero antes de dar a sus compañeros la señal de partida, Ciro Smith les dijo con voz reposada y grave:

-Este es, amigos míos, el estrecho rincón del mundo donde el Todopoderoso nos ha arrojado. Aquí tendremos que vivir quién sabe cuánto tiempo; pero también puede suceder que nos llegue pronto algún socorro imprevisto o que pase algún barco por casualidad… Digo por casualidad, porque esta isla es poco importante, no ofrece ni siquiera un puerto que pueda servir de escala a los buques, y es de temer que se encuentre situada fuera del rumbo que ordinariamente siguen, es decir, demasiado al sur para las naves que frecuentan los archipiélagos del Pacífico, y demasiado al norte para las que se dirigen a Australia doblando el cabo de Hornos. No quiero ocultaros cuál es nuestra verdadera situación.

-Y hace usted muy bien, mi querido Ciro -contestó el corresponsal-

Habla usted con hombres con quienes puede contar para todo, pues tienen absoluta confianza en usted. ¿No es cierto, amigos míos? -Le obedeceré en todo, señor Ciro -dijo Harbert, estrechando la mano del ingeniero.
-¡Aquí y en todas partes será usted mi amo! -exclamó Nab.

-En cuanto a mí -dijo el marinero-, que pierda mi nombre si no ayudo en todo lo que sea necesario, y si usted quiere, convertiremos esta isla en una pequeña América. Levantaremos edificios, construiremos ferrocarriles, instalaremos el telégrafo, y cuando esté enteramente
transformada, embellecida y civilizada, la ofreceremos al gobierno de la Unión. Sólo pido una cosa.

-¿Cuál? -preguntó el corresponsal.
-Que no nos consideremos náufragos, sino colonos que hemos venido aquí a colonizar. Ciro Smith se sonrió y la proposición del marino fue aceptada. Después dio las gracias a sus compañeros y añadió que contaban con su valor y con la ayuda del cielo.

Julio Verne, La isla misteriosa, 1874

 Joaquín Torres García

Se puede descargar el libro completo aquí

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