A la sebastiana

neruda01

Yo construí la casa.

La hice primero de aire.
Luego subí en el aire la bandera
y la dejé colgada
del firmamento, de la estrella, de
la claridad y de la oscuridad.

Cemento, hierro, vidrio,
eran la fábula,
valían más que el trigo y como el oro,
había que buscar y que vender,
y así llegó un camión:
bajaron sacos
y más sacos,
la torre se agarró a la tierra dura
-pero, no basta, dijo el constructor,
falta cemento, vidrio, fierro, puertas-,
y no dormí en la noche.

Pero crecía,
crecían las ventanas
y con poco,
con pegarle al papel y trabajar
y arremeterle con rodilla y hombro
iba a crecer hasta llegar a ser,
hasta poder mirar por la ventana,
y parecía que con tanto saco
pudiera tener techo y subiría
y se agarrara, al fin, de la bandera
que aún colgaba del cielo sus colores.

Me dediqué a las puertas más baratas,
a las que habían muerto
y habían sido echadas de sus casas,
puertas sin muro, rotas,
amontonadas en demoliciones,
puertas ya sin memoria,
sin recuerdo de llave,
y yo dije: “Venid
a mí, puertas perdidas:
os daré casa y muro
y mano que golpea,
oscilaréis de nuevo abriendo el alma,
custodiaréis el sueño de Matilde
con vuestras alas que volaron tanto.”

Entonces la  pintura
llegó también lamiendo las paredes,
las vistió de celeste y de rosado
para que se pusieran a bailar.
Así la torre baila,
cantan las escaleras y las puertas,
sube la casa hasta tocar el mástil,
pero falta dinero:
faltan clavos,
faltan aldabas, cerraduras, mármol.
Sin embargo, la casa
sigue subiendo
y algo pasa, un latido
circula en sus arterias:
es tal vez un serrucho que navega
como un pez en el agua de los sueños
o un martillo que pica
como alevoso cóndor carpintero
las tablas del pinar que pisaremos.

Algo pasa y la vida continúa.

La casa crece y habla,
se sostiene en sus pies,
tiene ropa colgada en un andamio,
y como por el mar la primavera
nadando como náyade marina
besa la arena de Valparaíso,

ya no pensemos más: ésta es la casa:

ya todo lo que falta será azul,

lo que ya necesita es florecer.

Y eso es trabajo de la primavera.

 

Pablo Neruda

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Un pensamiento en “A la sebastiana

  1. .” Neruda descubrió La Sebastiana en 1961, cuando todavía buscaba en Valparaíso “una casita para vivir y escribir tranquilo”, que reuniera algunas condiciones mínimas: “No puede estar muy arriba ni muy abajo. Debe ser solitaria, pero no en exceso. Vecinos, ojalá invisibles. No deben verse ni escucharse. Original, pero no incómoda. Alada, pero firme. Ni muy grande ni muy chica. Lejos de todo, pero cerca de la movilización; independiente, pero con comercio cerca. Además, tiene que ser barata”.

    Extractos de “Confieso que he vivido” de P. Neruda.

    La bautizó La Sebastiana en honor a Sebastián Collado, un constructor español que contemplaba la edificación de una pajarera en el tercer piso y hasta un helipuerto sobre el techo del vecino teatro Mauri. Pero Collado murió antes de terminarla.

    Para muchos una construcción inhóspita y delirante, desde entonces la casa permaneció abandonada. Sin embargo, su extravagancia reunía las cualidades anheladas por Neruda. Y tan fascinado quedó al descubrirla que decidió bautizarla La Sebastiana, por considerar a Collado un poeta de la construcción .

    Atiborrada de escaleras y corredores, Neruda llegaba a la residencia por períodos discontinuos, y de todas sus moradas ella fue su lugar preferido para pasar Año Nuevo, hechizado por el espectáculo pirotécnico que los barcos desplegaban en el puerto de Valparaíso.

    Al igual que sus poemas, la historia de sus casas tampoco fueron ajenas a las vicisitudes políticas chilenas. Con el golpe de Estado de 1973, el mismo año de la muerte de Neruda, La Sebastiana fue allanada y destruida. Desde entonces, su viuda Matilde Urrutia decidió cerrar la residencia durante casi dos décadas, hasta que después de la vuelta de la democracia fue restaurada y abrió sus puertas al público en 1992.

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