El barco del cuerno de oro

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Las sensaciones que provoca Estambul al observar el paisaje de la ciudad, al caminar por sus calles o al atravesarla en barco, se unen a las imágenes, pero es algo que no solo se consigue contemplando el panorama mientras se pasea, sino siendo capaz de aglutinar dentro de uno mismo el estado espiritual de las estampas que nos concede la ciudad. Si se hace con sinceridad y un mínimo de talento, en la memoria se fundirán las imágenes de la ciudad con los sentimientos más profundos y sinceros, con el dolor, la tristeza, la amargura y, a veces, con la felicidad, la alegría de vivir y el optimismo.

Si aprendemos a ver así una ciudad y vivimos en ella lo suficiente como para tener la oportunidad de unir su paisaje a nuestros sentimientos más auténticos y profundos, un tiempo después las calles de nuestra ciudad, sus vistas, su paisaje, se convertirán en una serie de cosas que, de la misma forma que hay ciertas canciones que nos recuerdan de inmediato amores y decepciones, nos recordarán uno por uno sentimientos y estados espirituales.

(…)

Vi las escaleras que bajaban al lado del Cuerno de Oro y bajé por ellas.

Allí me encontré con un pequeño vapor de las Líneas Urbanas que salía de ese mismo lugar. El capitán, el maquinista y el marinero encargado de los cabos estaban todos reunidos en el muelle al que estaba amarrado el pequeño barco dando la impresión de que saludaran a los escasos pasajeros que subían, como si fueran la tripulación de una motora, y charlaban entre ellos fumando y tomando té. Al subir, yo también les saludé adaptándome al ambiente que reinaba y, una vez dentro del barco, me sentí como si conociera desde hacía mucho a toda aquella gente que con sus abrigos descoloridos, sus gorros de lana, sus bolsas de la compra y sus pañuelos en la cabeza, esperaba la hora de salir, como si yo también fuera y viniera del trabajo todos los días con ellos viajando por el cuerno de Oro en aquel barco. Cuando se puso lentamente en marcha, me envolvió con tal fuerza aquella incomparable sensación de comunidad, de pertenecer al corazón de la ciudad, que noté algo más: mientras en las principales arterias de la ciudad y arriba, en el puente, donde ahora podía ver los cuernos de los trolebuses y los anuncios publicitarios, se vivía una tarde de marzo de 1972, nosotros, abajo, nos encontrábamos en un tiempo mucho más antiguo, mucho más amplio y mucho más lento. Al bajar por las escaleras que daban al muelle del Cuerno de Oro, que había visto por casualidad en el puente, parecía que hubiera retrocedido treinta años, como si hubiera descendido a los días en que Estambul estaba más aislado del mundo y era más pobre y amargo.

Por las temblorosas ventanas del salón de popa del primer puente del pequeño barco comenzaron a pasar lentamente los muelles del Cuerno de Oro, colinas cubiertas de madera del viejo Estambul, cementerios repletos de cipreses; interminables fábricas, talleres, chimeneas, depósitos de tabaco, ruinosas iglesias bizantinas, majestuosas mezquitas otomanas y calles angostas y lóbregas que daban a la orilla, cuestas, sombríos altozanos, astilleros, esqueletos de barcos oxidados, barrios pobres… La iglesia de Pantocrátor en Zeyrek, los grandes depósitos de tabaco en Cibali, incluso la sombra de la mezquita de Fatih allá atrás, me parecían las mismas imágenes de Estambul que había visto en viejas y ajadas películas a causa de las rayadas y temblorosas ventanas del barco y me daba la impresión de que era de noche a pesar de que estábamos en pleno día.

(…)

¿Acaso el misterio de Estambul consiste en la pobreza que se vive junto a la Historia insigne, en que continúe en secreto su vida de comunidad y barrio cerrada sobre sí misma a pesar de estar abierta a influencias externas, en que tras sus bellezas monumentales y naturales volcadas al exterior la vida cotidiana se base en unas relaciones frágiles y desvencijadas? Pero cualquier cosa que digamos sobre las características de una ciudad, sobre su alma o su esencia, acaba convirtiéndose de forma indirecta en una confesión sobre nuestra vida y especialmente, sobre nuestro estado espiritual. La ciudad no tiene otro centro sino nosotros mismos.

Orhan Pamuk, Estambul, ciudad y recuerdos, Mondadori, 2006

Texto sugerido por Teresita Núñez

Fotografías: Ara Güler

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